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14. ALEA IACTA EST
Cabizbaja, arrepentida y profundamente intimidada por la frialdad con la que Sharleen me echó, no pude contener las lágrimas en cuanto cerré la puerta detrás de mí. E incapaz de dar un simple paso para seguir a las chicas sin lograr ver donde pisaba, me senté en el primer escalón del rellano. Había metido la pata hasta el fondo y lo sabía, pero que a parte de aceptar las consecuencias no pudiera hacer nada al respecto, me estaba demoliendo. Eso y saber que aquella fría y endiablada mujer era su ex. Como si haberme llenado la boca hablándole de confianza y caer víctima de mis propias palabras no fuera suficiente, también me las tenía con las suyas; “Me fui por una chica. Para alejarme. Para olvidarla. Me enamoré como una cría.”
- Isis, ¿vienes? – escuché a Diana a través del hueco de la escalera.
Me sequé las lágrimas, me aseguré un punto de apoyo firme agarrada a la barandilla y me reuní con las chicas en el portal.
- A ver qué os parece; compramos algo de cena, os venís a casa y esperamos a que venga Tanya, que nos cuente como ha quedado el tema antes de volvernos locas cada una por su cuenta, ¿sí? – Diana empezó a andar sin esperar respuesta y la seguimos cual grupo de polluelos.
Llegamos al piso cargadas como mulas, con comida para alimentar una legión entera, bebidas para todos los gustos, aperitivos para meses de vermut y chocolate en todos los formatos disponibles, guardamos la compra en la cocina y preparamos lo que cada una quería y lo que queríamos para todas; un variado surtido de encurtidos, patatas fritas y frutos secos dispuesto sobre la mesita central del comedor. Y en mi caso, una generosa copa de vino. Necesitaba un trago. Seguía necesitándolo. Ya que mi último intento quedó abandonado en casa de Maite. Intacto. Pero cuando me uní al resto en el salón, me di cuenta de que íbamos a necesitar mucho más que copas de vino, refrescos y aperitivos para empezar a solucionar lo que había ocurrido. Si había solución. Y si estaba en nuestras manos. Permanecimos en riguroso silencio sin que ninguna se atreviera a abrir la boca, cruzando nuestras miradas furtivamente de una a otra y para cuando Diana quiso hacerse cargo de la situación, llegaron Tanya y Sasha.
- Cariño, vengo con Sasha – las escuchamos entrar – Madre mía, si lo sé, me vuelvo contigo – llegaron hasta el comedor
- Al final te veo en casa – saludó Sasha.
- ¿Cómo ha ido? – se interesó Diana cediéndole sitio en una de las butacas a Tanya
- Pues, por lo visto, la otra parte de la historia es que aquella noche y después de una pelea con Maite, aquí la crack – señaló a Lora – quedó en el Imagine con Yolanda, que dice, con un par la tía, que se le puso insistente, ¿sí?
- Sí – afirmó Lora
- ¡En qué coño estabas pensando! – saltó Tanya
- En el suyo, evidentemente – se unió Sasha – Tía, deja de acostarte con las chicas de Sharleen. En serio.
- Primero, no me tiré a Maite. Y segundo, ¿por un perro que maté mataperros me llamaron? – replicó Lora
- Pues no habían perras y te vas con Yolanda. – desaprobó Diana.
- No con, sino a por. Fue al Imagine a por Yolanda – puntualizó Tanya.
- ¿Y qué creéis que hacía Yolanda allí? ¿Pensar sobre lo transcendental de su vida? Que si no hubiera sido yo hubiera sido cualquier otra – justificó Lora
- Eso ya lo sé y por eso mismo te libras – cargó de nuevo Tanya – Porque llego a enterarme de que Sharleen se fue por una de tus estúpidas rabietas y te crujo hasta el d.n.i.
- ¿Es que os ha contado por qué se fue? – preguntó Diana
- No. Pero ha quedado claro que no sabía nada – explicó Tanya – Además, tiene razón. Era un secreto a voces lo que se traían Sharleen y Yolanda entre manos, así que ese no fue el problema.
Me dejé caer sobre el respaldo del sofá con la copa de vino entre las manos y me la fui bebiendo tranquilamente mientras observaba a las chicas tanteando la misma duda una y otra vez, sin llegar a comprender a qué le daban tantas vueltas; si Yolanda era la ex de Sharleen, ¿no sabían que se fue por ella? Y si no era su ex, ¿de quién narices se enamoró Sharleen? ¿Es que volvía a saber de más? ¿O de menos? Porque cuanto más repetían las chicas frases como que Yolanda se viera con otra era lo de menos o que era lo que se traían entre manos, menos me encajaban las palabras de Sharleen.
- ¿Soy la única a quien esto le suena raro? – dudó Cloe – Que hablamos de Yolanda. Con Lora. ¿Qué, se le puso burra y no supo decir que no?
- Eso mismo ha dicho Sharleen – añadió Sasha – Y a mí también me ha parecido extraño.
- ¿Hola? Estoy aquí. – reivindicó Lora.
- ¿Cuánto tuviste que insistirle? – planteó Tanya
- ¿En serio? – se molestó Lora – Que os den.
- No, no, Tanya tiene razón – avaló Diana pensativa – ¿Y si fue al revés? Si fue Yolanda quien sacó partido de tu bronca con Maite y no tú de lo que tenía con Sharleen.
- ¿Por qué haría Yolanda algo así? ¿Y a Sharleen? – opuso Sasha
- Pues ni idea, pero si algo consiguió sacar a Yolanda de sus casillas como para hacerle eso a Sharleen, bien podría ser el mismo motivo por el que se fue – argumentó Tanya
- Oh, por Dios, si vuelvo a escuchar una sola vez más la misma pregunta de por qué se fue Sharleen, no respondo – intervine hastiada – Se fue por Yolanda.
- Eso ya lo sabemos – replicó Sasha
- Se fue porque se enamoró de Yolanda – insistí y se miraron entre ellas sorprendidas por mis palabras – ¡Ay! Que no hagáis eso, de verdad que no sabéis lo irritante que es.
- Te mato – saltó Tanya de la butaca a por Lora – ¡Yo te mato!
- ¡Y yo que sabía! – se defendió Lora huyendo del sofá por encima de mí lejos del alcance de Tanya.
- ¡Es que te crujo! – Tanya perseguía a Lora alrededor de la mesita central – ¡Debiste irte tú! ¡Y bien lejos!
- ¡Joder, cómo iba a saberlo! – esquivaba Lora – ¡Que es Sharleen! ¡Ella no se enamora, recuerdas!
- ¿De qué estás hablando? – interpuse mi cuerpo en medio y las detuve – ¿Cómo que Sharleen no se enamora? – repetí sus palabras burlona – ¿Cómo no va a enamorase?
- No es que no se enamore. Es que nunca se ha enamorado – matizó Diana – O se había enamorado, visto lo visto
- Y lo hace de Yolanda – censuró Sasha – Menuda puntería
Decir que se paralizó el mundo a mí alrededor, es poco. ¿O fui yo? Que pasé de no poder a no querer entender nada. Porque había pasado la noche y la mañana con ella. Y ahora resultaba ser una de esas chicas. De las que saltan de cama en cama porque son espíritus libres con mucho amor para todas, en el mejor de los casos, o de las que viven a la sombra de algún tipo de trauma incapaces de establecer lazos sentimentales con otras féminas, en el peor de ellos. “¿Cómo pude no verlo?” me recriminé. “Porque se quedó”, reconocí, “estaba en casa cuando desperté”. Así de simple le resultó ganarse mi confianza. Pero seguía sin cuadrarme nada. ¿Quién se queda a la mañana siguiente si no es porque quiere algo más? Además, si se había enamorado una vez, porque no volver a hacerlo. Aunque no hubiera por dónde empezar a comparar a su ex conmigo. Esa exuberante mujer y la extraña sensualidad de su indiferencia, si hasta la forma de sus lóbulos era ridículamente perfecta. Y aun así, huyó de ella.
- Isis, sea lo que sea lo que te ha dejado blanca, no es lo que crees – me llamó la atención Diana
- ¿Es que a ninguna se os ocurrió comentarme nada? ¿Algo en quince días? – les reproché
- Yo lo hice – admitió Lora en voz baja.
- Y yo – se sumó Sasha
- Yo alucino – interrumpió Tanya – ¿Se puede saber desde cuando le comemos la cabeza a alguien sobre con quien tiene o no tiene que estar?
- ¡Desde que la otra es una golfa corazón de latón! – reclamé
- ¿Y tú desde cuando te cuelgas por alguien en quince días? – replicó Tanya
- ¡Yo no estoy colgada de nada! – protesté en vano, porque la expresión de las chicas era de absoluta incredulidad mucho antes de poder terminar la frase – ¡Se tiró a Yolanda! – desvié la atención sobre Lora, cogí mi copa y huí a la cocina.
Sí, lo sabía, estaba sacando las cosas de lugar. Y todo por esa aparatosa y constante sensación a velocidad sin control, a caída libre, a la más completa ingravidez en mi vientre cuando se trataba de Sharleen. Una montaña rusa de deseo e inseguridad. Sin punto medio. Y realmente agotador.
- Ey – entró Diana en la cocina
- Ahora no, Diana
- Me ha pedido tu número – se ganó mi atención – Sharleen me ha llamado cuando estábamos comprando y me ha pedido tu número – repitió con una sonrisa en los labios.
Salí disparada de vuelta al salón y directamente a por el bolso para comprobar mi teléfono móvil. Pero Diana me lo quitó de las manos apenas lo cogí.
- Devuélveme mi bolso – exigí
- No. Por qué te habré dicho nada. – refunfuñó Diana. – Déjalo aquí y si se pone en contacto lo oirás.
- Si es por Sharleen puedes esperar sentada – afirmó Tanya – Se ha largado cabreada después de la bronca con Yolanda, así que tardará en calmarse.
- Ves. Cuando esté preparada te dirá algo. Dale tiempo – argumentó Diana.
Aunque una parte de mí se sintió realmente frustrada y ya temía por la que me esperaba hasta que Sharleen decidiera ponerse en contacto conmigo, otra sonrió malvada al saber que se las tuvo con Yolanda. Así que renuncié a mi bolso, le cedí la custodia a Diana y opté por mantenerme ocupada, lejos del agrio ambiente que se respiraba en el salón, uniéndome a Tanya en la cocina para preparar la cena. Y después de cenar, una sesión de cine, un par de batallas al Guitar Hero, unas manos al póquer y unas rondas de Ocalimotxo. Cualquier cosa con tal de alargar el momento de vérmelas sola ante el silencio y la espera de Sharleen. Y por lo visto, no era la única a quien la idea de vérselas por su cuenta le repelía tanto como a mí; Lora también se sumaba compulsivamente a juego tras juego tras conversación tras cualquier actividad que la mantuviera distraída de su evidente sentimiento de culpabilidad. Pero pasadas las dos de la mañana, las chicas empezaron a caer rendidas por el sueño.
- Chicas, la compañía es grata pero grata se tiene que ir – anunció Sasha – Ya no veo los dados de sueño.
- Quedaros a dormir – propuso Diana – Abrimos el sofá, sacamos el colchón hinchable y pasáis aquí la noche.
- Con todas las partidas que has perdido no estás para coger el coche – alegó Tanya
Para cuando Sasha quiso rebatir lo conclusión de Tanya, Lora ya había abierto el sofá-cama y yo arrastraba el colchón a medio hinchar hasta el centro del comedor. Lanzamos una moneda al aire para sortear quien dormía donde y antes de darme cuenta, Cloe y Sasha roncaban en el sofá, Lora se había apoderado de más de la mitad del colchón y de la manta y yo me las tenía por conseguir cinco minutos de sueño. Porque cada vez que cerraba los ojos me parecía escuchar mi móvil. O volvía a mi mente el momento en el que Sharleen me había echado.
Abandoné el colchón con la primera luz del día entrando por la ventana, me arrastré hasta la mesa del comedor donde las chaquetas y los bolsos de todas habían pasado la noche y observé el montón un buen rato mientras contenía las ganas de lanzarme a por mí móvil. “Es mi móvil y hago con él lo que quiero”, hundí ambas manos en la pila de ropa.
- ¿Buscas algo? – me pilló Diana con mi bolso cruzado sobre su hombro por encima del pijama.
- Creí que había quedado claro que no debías agobiarte – se unió Tanya – ¿Has dormido algo? – negué con la cabeza – Café para tres, entonces. – fue a la cocina.
- ¿No os habré despertado?
- Que va – Diana se sentó a la mesa conmigo – Tampoco hemos pegado ojo. Estamos preocupadas por Sharleen – me alerté – Siempre ha sido reservada y desconfiada por naturaleza pero pensábamos que confiaba en nosotras. Pero si es cierto que se enamoró de Yolanda y tuvo que marcharse al otro lado del mundo para superar o dejar atrás lo que fuera que pasara entre ellas, ¿Dónde nos deja eso a nosotras? ¿Por qué no nos dimos cuenta? ¿Y por qué no nos contó nada?
- Así que nos hemos pasado la noche dándole vueltas a qué narices hacíamos cuando eso ocurrió – volvió Tanya con tres tazas de café – Pero hemos decidido aplicarnos el mismo consejo que te dimos y vamos a darle tiempo y espacio y cuando quiera, si lo hace, que cuente con nosotras.
- ¿Creéis que Yolanda pudo hacerle algo? ¿Algo malo?
- Para nada – negó convencida Diana.
- Yolanda puede parecer y ser muchas cosas pero nunca le haría daño a Sharleen. Al menos, no a propósito – expuso Tanya – Por eso nos preocupa qué pudo pasar
- Le dais demasiadas vueltas – se levantó Sasha – ¿Queda café para mí? – Tanya fue a por una taza para ella y se sentó a la mesa con nosotras – Hemos tenido la respuesta de su marcha delante de las narices todo este tiempo y ni siquiera se nos pasó por la cabeza que pudiera tratarse de algo tan normal como haberse enamorado – tomó un trago de café bajo nuestra atenta mirada – Ni tuvimos en cuenta de quién lo hizo. Porque todas huiríamos lo más lejos posible si cuando al fin nos enamorásemos de alguien, lo hiciéramos de alguien como Yolanda, ¿no?
- Si Lora no se hubiera metido en medio, se habría marchado de todos modos – planteó Diana
- Eso no quita que lo que hizo fue una cagada de las buenas. ¿O nos hemos olvidado de Maite? – replicó Tanya
- He soñado con una teoría para todo esto – se unió Cloe – ¿Y si se juntaron el hambre con las ganas de comer? – robó un sorbo del café de Sasha
– Y Yolanda se aprovechó de Lora tanto como Lora de Yolanda.
- Pero volvemos a la casilla de salida; ¿Por qué le haría Yolanda algo así a Sharleen? – preguntó Tanya y Sasha repicó la punta de su dedo índice contra la nariz
- Porque Yolanda se enamoró – resolvieron al unísono
- No va a llamar – admití en un suspiro – No va a decirme nada. O no lo que espero que me diga. Lo que deseo que me diga – empecé a confesar sin control – Porque, bueno, están enamoradas y ahora que ha vuelto arreglaran lo suyo y yo sólo seré una noche de bienvenida que se alargó demasiado. Pero una noche al fin y al cabo.
- Toma. Llámala – Diana dejó mi bolso encima de la mesa – Ahora
- ¿Cariño, no es esto de lo que hemos hablado, no? – invocó Tanya.
- Fue culpa nuestra. Le dimos tanto espacio y tiempo que terminamos dejándola sola – sentenció Diana – ¿Y si está esperando a que Isis la llame? Y no lo hace porque nos estamos metiendo. Por volver a equivocarnos.
- No lo entiendes. Ya me está bien – acepté – Mejor ahora que dentro de unas semanas o unos meses, mejor mantener intacta esta noche con ella que dejar que se estropee por querer más.
- Trae – Tanya se hizo con mi bolso y empezó a buscar en su interior – La llamó yo y se acabó.
- No, por favor – recuperé mi bolso – No.
Por supuesto, mi súbita rendición no se debía exclusivamente a lo que ocurría, ocurrió y podía ocurrir entre Sharleen y Yolanda. Sino a que, quizás, era yo quien no estaba preparada. Quizás, era yo quien necesitaba de tiempo y espacio para pensar sobre lo mío con Sharleen. Sobre cuánto me iba a costar tener algo con ella o el precio a pagar si renunciaba a ello. Si por el momento, lo mejor sería dejarlo tal cual. Al menos, hasta que las cosas se calmaran un poco y no me viera en medio de nada más otra vez.
Así que con mi rotunda negativa sobre la mesa y algún que otro estómago rugiendo, las chicas optaron por desayunar y centrarse en sus pasados, presentes y futuros papeles respecto a lo sucedido. La última afirmación de Diana sobre su parte de responsabilidad no dejó indiferente a nadie y a eso le estuvieron dando vueltas hasta bien entrado el mediodía. Comprobamos que Lora aún respiraba antes de salir a comer y cuando volvimos, la encontramos entre confundida y asustada al despertar en la más absoluta soledad. Tomamos una nueva ronda de cafés en casa, la pusimos al día sobre lo discutido mientras dormía y cerca de las siete de la tarde dimos nuestro encuentro por terminado. Tracé mentalmente mí vuelta a casa tras despedirme de las chicas y decidí volver a pie para darme algo más de tiempo antes de verme sola en mi piso, poco más de treinta minutos de relajante ejercicio cardiovascular. Pero al llegar a mi portal, Lora me estaba esperando. La miré desorientada y balbuceé mis dudas por su presencia con extraños fonemas sin terminar.
- Metro, Isis, metro – evidenció
- Eso ya me lo imagino – le puse los ojos en blanco – ¿Pero qué haces aquí?
- Sé que estás enfadada conmigo y no sabes cuánto siento haberte metido en todo esto, de verdad, pero no puedo irme a casa. Créeme que lo haría si pudiera. Que me metería en la cama, me haría un ovillo bien chiquitito entre las sábanas y dormiría hasta morir de hambre. Pero voy a volverme completamente loca si…
- Sube, anda – interrumpí tan descabellado monólogo antes de que se ahogara por falta de aire – Pero no quiero volver a saber ni a hablar absolutamente nada de lo ocurrido, ¿está claro? – asintió sumisa.
Una vez en el piso la invité a sentirse en su propia casa, como ya solía hacer de costumbre y le indiqué que aún quedaban algunas cervezas de su última visita. Mientras se servía, fui a mi habitación para cambiarme de ropa por algo más cómodo cuando entré en pánico, observándolo petrificada de incredulidad desde el marco de la puerta, incapaz de entender qué demonios hacía mi móvil sobre la mesita de noche.
- No – intenté gritar con apenas un hilillo de voz saliendo de mis pulmones – No, no, no, no, no, no, no – corrí hacia el salón y volqué sobre la mesa todo el contenido de mi bolso – No, no, no, no – me atasqué invadida por un espanto sin igual mientras esparcía mis cosas por la superficie de la mesa – No, no, no, no, no – troté hasta mi habitación de nuevo.
- ¿Estás bien? – se acercó Lora y cuando estuvo a mi lado le señalé mi móvil – Oh, vale, ya veo. ¿Lo has mirado? ¿Has mirado si te ha dicho algo? – sacudí la cabeza de lado a lado – ¿Puedo?
Lora se hizo con el móvil, lo desenchufo del cargador, encendió la pantalla, marcó un par de teclas y se lo puso al oído.
- Ah, bueno – alzó las cejas – Hum, vaya – ladeó la cabeza – Oh, oh – me miró inquieta – Pues, la buena noticia es que sí que te ha dicho algo, tres veces exactamente – me informó – La mala es que te espera, te esperaba, para cenar en su casa hace – miró la hora en el móvil y suspiró – casi una hora.
Le quité el móvil de las manos y seguí sus pasos; encendí la pantalla, vi tres llamadas perdidas y los que deduje como sus respectivos tres mensajes en el buzón de voz, marqué el número y me eché el móvil a la oreja. “Tiene tres mensajes nuevos. Mensaje uno, recibido ayer a las dieciocho horas y cuarenta y siete minutos; Hola, soy Sharleen. Siento lo que ha pasado antes y quiero contártelo, por favor. Llámame cuando puedas. Mensaje dos, recibido ayer a las veintiuna horas y cincuenta y ocho minutos; Vuelvo a ser yo. Había pensado en cenar juntas y poder hablar pero me da que se ha hecho un poco tarde, así que, si quieres desayunamos mañana. Buenas noches. Mensaje tres, recibido hoy a las ocho horas y nueve minutos; Buenos días. Voy a intentarlo una última vez; cena, conmigo, hoy, en mi casa, estaremos tranquilas y podremos hablar de todo. ¿Sobre las siete?" Y como Lora, comprobé la hora en el móvil, las 19:54.
- Deja de mirarme así, no voy a ir – censuré la mirada expectante de Lora – Es tarde. Una hora tarde, precisamente. No. He dicho que no – intercepté su tentativa de hablar – ¿Es que no lo ves? Ir sólo empeorará las cosas, como cada vez que he intentado hacer algo bien con ella y algo ha salido peor – sostuve su mirada – Estará cabreadísima – quise alegar pero seguía mirándome – Vale, vale.
Busqué el número desde el que me había llamado pero me no contestó nadie pasados los nueve tonos y en el número que me dio Lora, saltó el aviso de móvil apagado o fuera de cobertura. Lancé el teléfono sobre la cama y mientras me desnudaba para una ducha más que rápida, ordené a Lora que la llamara, que contactara con ella como fuera y le dijera que estaba de camino. Tan fugaz fue mi paso por debajo del agua que ni siquiera esperé a que se calentara. Y al salir, la cara de Lora reflejaba pura decepción.
- Lo siento – alzó los hombros – No contesta ni al móvil ni al fijo.
- Sigue intentándolo – le pedí mientras me vestía con lo primero que cogí del armario.
- Isis, espera, toma – me detuvo cuando devolvía mis cosas al interior del bolso y sacó unas llaves del bolsillo de su pantalón – Se las quité a Yolanda. Pensaba usarlas yo pero te harán más falta a ti. Si no contesta mucho menos te abrirá la puerta, así que, toma. ¿Tienes la dirección? – asentí mientras me ponía la chaqueta – Seguiré llamando.
Una vez en la calle analicé mis opciones para poder cruzar la ciudad en el menor tiempo posible y seguí la providencia de ver pasar delante de mí un taxi libre tras otro. Miré la hora, 20:34. Así que me subí a uno, le indiqué mi destino y por primera vez en mi vida, deseé que el conductor fuera uno de los muchos taxistas que se creen corredores de Fórmula Uno. Pero no sólo di con una conductora sexagenaria de admirable conducción, sino que un accidente múltiple a la salida de Barcelona, nos dejó completamente varadas pasada la Plaza de Tetuán. “Metro, Isis, metro” recordé las palabras de Lora. Pero la única línea a mi alcance me obligaba a dar un buen rodeo tomase el sentido que tomase. Opté por terminar mi trayecto a pie. No estaba tan lejos de Glórias. O eso pensé. Porque para cuando salía de la condenada rotonda y volví a comprobar la hora, pasaban diez minutos de las nueve de la noche. Más, las dos interminables calles de Diagonal hasta la Rambla y dar con su calle y su portal, me dejaron en su casa pasadas las nueve y media de la noche. Busqué su piso en el portero electrónico y piqué varias veces pero no obtuve respuesta. Llamé a Lora.
- ¿Has podido hablar con ella? – fue mi única preocupación
- No – la oí resoplar – Y el fijo ha pasado de no responder a comunicar, lo habrá descolgado. ¿Ya has llegado?
- Sí, llevo unos minutos picando pero nada. ¿Su piso es uno de los balcones? Porque hay luz en todos.
- Las llaves. Usa las llaves. Se cabreará, más, pero, no sé, ya estás ahí y ya está enfadada, así que, usa las llaves – me propuso.
Terminé la llamada, saqué las llaves del bolsillo de la chaqueta y abrí el portal. Cuando salí del ascensor comprobé que estaba en la planta correcta y al buscar su puerta, la encontré entreabierta con un trozo de tela haciendo de tope en la base. Entré despacio, retirando la prenda de ropa con la punta del pie y lo que vi en el interior no auguraba nada bueno; el interfono descolgado, un par de chaquetas en el suelo, el perchero volcado y varias cosas tiradas por el recibidor. Me temí lo peor. Me armé con un paraguas en alto y me adentré por el piso todo lo sigilosa que pude, preocupada por Sharleen y lo que habría sucedido, si le había pasado algo y por eso no daba señales de vida. El salón no tenía mucho mejor aspecto que la entrada; un par de sillas abatidas, una copa de vino derramada sobre la mesa, el sofá desplazado y un póster colgando boca abajo a medio arrancar. Seguí mi recorrido en busca de Sharleen y di con ella al final del pasillo interior, cuando a través de una puerta a medio entornar vi parte de su cuerpo tumbado y desnudo sobre la cama. Con una mano en el pelo y otra perdida cintura abajo. No pensé, no reaccioné, no me moví, ni siquiera seguí respirando. Adicta a lo que estaban viendo mis ojos, enganchada a sus curvas. A su vientre contraído y relajado para volver a contraerse. A su respiración intermitente pero constante, entrecortada de vez en cuando por un delicado gemido, cada vez más frecuentes, más intensos. Mi aliento se confundía con el suyo cada vez que creaba un arco entre su espalda y la cama. Sometida a la misma secuencia, una y otra vez, a otro ritmo, de otro modo, retorciéndose de placer. Tomó una bocanada de aire, apretó las sábanas entre los puños, dibujó suaves olas de una cadencia vehemente con su cuerpo en el aire y su orgasmo me trajo de nuevo a la realidad. Tan fascinada. Y sorprendida. Y fulminantemente excitada. Hasta que una tercera mano ascendió por su vientre.
12. AGENTE DEL CAOS.
Apenas puse un pie en el local que la tensión en el ambiente me dejó paralizada. Sin duda alguna había subestimado la preocupación de Sasha por lo que estaba ocurriendo. Y aún y viéndolo con mis propios ojos me parecía realmente difícil de creer; Tanya sentada en un taburete de la barra con las mejillas y las orejas prendidas en un color granate ira jamás visto, Diana apoyada en la primera mesa de la sala con la mirada desorientada y Cloe con la cara entre las manos, el ceño fruncido y mascando palabras en una esquina del comedor. Con un toque en el brazo, Sasha me hizo saber que iba a ver como estaba Cloe y yo, tras analizar mis opciones y temer por mi integridad física si me acercaba a Tanya, me incliné por el aletargado estupor de Diana.
- Ey –me senté a su lado en la mesa –¿Estás bien?
- Ey –respondió ausente.
- Diana –quise centrar su atención –¿Qué ha pasado?
- No lo sé –se encogió de hombros –Estábamos desayunando en casa de Maite y se le han cruzado los cables.
- ¿Dónde está?
- En el baño –se unió Tanya exhibiendo su habitual rojo gruñón –Me ha puesto de los nervios con tanta tontería, le he soltado un par de gritos y se ha encerrado. ¿Sabías que anoche casi se zurran?
- ¿Qué? ¡No! –me sorprendí –Anoche estuve con ellas y te aseguro que todo fue bien –recordé lo confuso de verlas sin discutir –Demasiado bien, incluso.
- ¿Anoche estuviste en el Lesway? –se sumó Cloe.
- Sí.
- ¿Y dices que todo fue bien? –preguntó Sasha
- Sí –pero la mirada de reojo que compartieron las cuatro me hizo sospechar –Antes has dicho que Maite se lo contó en el Lesway – y Sasha afirmó –Porque Sharleen se lo pidió –asintió de nuevo –Así que fue por eso –até cabos –Sharleen me sacó a toda prisa del local y luego Lora vino detrás nuestro amenazando con mandarla de vuelta a Boston de una patada en el trasero –les conté a las chicas –Se lo diría entonces.
- ¿Y luego? –demandó Cloe
- Y luego no lo sé. Nos fuimos –alegué.
- ¿Cómo que os fuisteis? –desaprobó Tanya –¿Os largasteis sin más?
- Cariño, se fue con Sharleen –matizó Diana.
Pero lejos de la reacción que me esperaba a base de regodeos y bufonadas al destapar lo mío con Sharleen, volvieron a mirarse entre las cuatro en un prolongado silencio.
- No mola nada cuando hacéis esto –protesté incómoda.
-¿Sabéis qué es lo que no entiendo? –reanudó Diana –Por qué la toma con Sharleen y no con Maite.
- Se nos escapa algo –advirtió Tanya.
- Sí, la fuerza por la boca –al fin Lora hacia acto de presencia, ojerosa, sollozante, pálida y con la voz medio rota –¿Estamos todas o queréis avisar a alguien más? –reprochó mordaz.
- Avisaré a Maite – y móvil en mano, Tanya salió del local.
- ¿Vas a mandarme a la mierda si pregunto cómo estás, verdad? –se acercó vacilante.
- Sí –apoyó su cabeza en mi hombro.
- Arreglaremos esto, no te preocupes –alentó Diana de camino a la barra para pagar la cuenta.
Me hubiera gustado tantísimo poder compartir el optimismo de Diana. Pero después de sus palabras sobre a quién y porqué culpaba Lora, me pesaba de sobremanera saber de más y habérmelo callado. Quizás Sasha tenía razón y debíamos contarlo, por si tal y como empecé a presentir tenía más importancia que la de un simple error del pasado.
- Cuando queráis –se asomó Tanya por la puerta.
A medida que nos acercábamos al portal de Maite y menos tiempo me quedaba para tomar una decisión, con mayor insistencia buscaba la atención de Sasha. Aunque no fue hasta llegar al ascensor y separarnos en dos grupos cuando tuve mi oportunidad.
- Nosotras subimos a pie – arrastré conmigo a Sasha escaleras arriba.
- ¿Estás pensando lo mismo que yo? –se dio cuenta
- No lo sé. ¿En qué estás pensando?
- Yo he preguntado primero –reivindicó.
- Creo que deberíamos contarlo. –nos detuvimos en el primer rellano.
- Pues no pensamos lo mismo.
- Espera, ¿en qué estás pensando tú? –quise saber.
- Que fue con Sharleen. –retomó la subida
- Vale. No quería saberlo –admití –¿Eres consciente de lo extraño que suena, verdad? -–abordé el segundo tramo de escaleras huyendo de esa visión en mi mente.
- Sí, claro, pero piénsalo, ¿qué clase de secreto confiesas con una copa de más que te hace enfadar cuando la otra persona se va y te desquicia cuando vuelve?
- Sexo –afirmamos a la par –¿Y si no fue con Sharleen pero también lo sabe? –razoné una alternativa.
- Y Lora ha enloquecido por miedo a que con su vuelta salga a la luz lo ocurrido –argumentó –Puede ser.
- Pues lo hablamos con Sharleen, ¿no? –llamé a la puerta – Si tiene algo que ver con lo que pasó y lo que pasó con esto…
- Y si no lo tiene, sabrá algo que prometimos no contar –interrumpió – Y en el peor momento posible –señaló el timbre de Maite descolgado de la pared.
- No dirá nada – avalé por Sharleen.
Armé el puño en alto para llamar de nuevo con más firmeza cuando se abrió la puerta y volví a quedar atrapada en su mirada, intimidante y firme, con la misma intensidad que recordaba. Pero también recordaba la disparatada lista de órdenes que me dieron las chicas la noche anterior, no apartar la mirada, no hablar y no sonreír, y la situación se tornó algo extraña.
- Hola – saludó con una tenue sonrisa en sus labios.
- Hola – respondí instintivamente – ¡Ay, no! – renegué en voz baja al darme cuenta de que había hablado y aparté la mirada – ¡Ich, tampoco! – y recuperé al instante el contacto visual con los ojos bien abiertos y las cejas alzadas dispuesta a mantenerlo fijo esta vez pero con los labios contraídos hacia dentro para evitar cometer el primer error de nuevo. Entonces la vi esbozar una completa y suave sonrisa y contagiada por su acto, extendí las comisuras de mis labios hacia los laterales ofreciéndole una grotesca respuesta. Y al darme cuenta de que había roto el tercer aviso, fruncí el ceño espantada de mi propia conducta.
- ¿Vais a pasar? – me observaba divertida.
- A mí me gustaría – reclamó Sasha dándome una palmada en el trasero.
- ¡Oh, por Dios! – me tapé la cara con ambas manos y cruce el umbral realmente abochornada.
Llegué apresurada al salón y di con las expresiones de Sharleen y Maite, que tras presenciar mi breve pero intenso momento de paranoia, me miraban entre confundidas y burlonas.
- ¿Qué demonios ha sido eso? – preguntó Maite.
- ¿Eso? Culpa tuya, por hacerte caso – rechisté y al llegar hasta Sharleen le di un beso.
- Hola a ti también – y con sus manos en mis mejillas, Maite me besó inesperadamente
- No era necesario –protestó en voz baja Sharleen.
- ¿Qué? ¿Tú también quieres uno? – y Maite le estampó otro a Sharleen.
- Iba a acercarme a saludar, pero paso – objetó Sasha – Sharleen, ¿podemos hablar?
Sharleen recogió sus cosas del sofá y nos siguió hasta la habitación justo cuando el resto llegaban y mientras acomodábamos las chaquetas y las respectivas bolsas sobre la cama, antes de poder preguntarle sobre lo que estaba pasando, tomó la iniciativa.
- ¿Vais a contarme qué sabéis? – nos cogió por sorpresa – Oh, vamos, tú no te has extrañado cuando te ha dicho que Maite no la engañó – me señaló – Y Sasha, no te ha extrañado que no se extrañara, así que, ¿Qué sabéis?
- Íbamos a preguntarte lo mismo – planteó Sasha.
- Volví hace una semana – replicó – ¿Qué voy a saber?
-¿Algo de antes de marcharte, quizás? –sugerí.
- Más le vale – afirmó severa Tanya entrando en la habitación e increpándonos con la mirada para que saliéramos. Nos unimos al corro formado por el resto alrededor del salón.
- Sólo quiero hablar con ella, joder – protestó Lora.
- Ya te lo he dicho, puedes decirme lo que quieras delante de las chicas – expuso Maite.
- ¡Tú! – Lora reparó en la presencia de Sharleen – ¡Todo esto es por tu maldita culpa!
Quise interponer mi cuerpo entre ambas y frenar el descontrolado avance de Lora hacia Sharleen cuando la chica misteriosa se me avanzó y con una simple mirada, no sólo la detuvo, sino que la hizo retroceder. El resto, permanecieron en silencio con su atención puesta en Sharleen.
- Para que quede claro de una vez por todas y por si alguien más se lo está preguntando; no sé nada. ¿De acuerdo? No tengo ni la más mínima idea de lo que está pasando – aclaró preocupada.
- Que has vuelto –acusó Lora.
- No te ha importado lo más mínimo mi vida los últimos cinco años, ¿Por qué te importa ahora tanto que haya vuelto? – reprochó Sharleen
- Porque sabía que esto pasaría, sabía que traerías contigo toda tu mierda.
- Que… Mi mier… – Sharleen tomó una profunda bocanada de aire – Vale, lo entiendo. Es por lo de anoche. Me metí donde no me llamaban. Lo siento.
- Lo entendemos todas – medió Diana – Pero cualquiera de nosotras nos habríamos metido si lo hubiéramos sabido antes.
- ¿En serio os vais a tragar que esto es por lo de anoche? –intervino Tanya – Lleva molesta desde que supo que Sharleen volvía.
- Lleva molesta desde que se fue – corrigió Cloe.
- Y como siempre, todas bailando a tu son – se mofó Lora.
- Me pareció lo correcto, creí que era justo que supieras la verdad – justificó Sharleen y el resto asentimos de acuerdo con ella.
- ¿La verdad? Bien, tengo unas cuantas verdades para todas.
- Lora, no… –quise detenerla sin demasiado éxito.
- Tanya, tú querida Diana se ve desde hace meses con Lucía. Cloe, Sasha se va de Erasmus este verano. Maite, ay Maite…
- Lora. Ya es suficiente. – vi clarísimo cual era la parte que le tocaba a Maite.
- Oh, cierto. Yolanda, ella es Isis, el nuevo juguete sexual de Sharleen. Isis, ella es Yolanda, la ex-zorra de Sharleen. Y para ti, la verdad de la que huiste. Pobrecita Sharleen – empezó a relatar en tono burlón – Que una buena mañana fue a ver a su enamorada y la muy golfa estaba con otra.
- ¿Has terminado? – instó Sharleen visiblemente molesta.
- Veamos, cuernos, mentira, cuernos, juguete sexual, zorra – enumeró Lora – Tienes la puerta al fondo, puedes salir corriendo cuando quieras.
- Ey –me senté a su lado en la mesa –¿Estás bien?
- Ey –respondió ausente.
- Diana –quise centrar su atención –¿Qué ha pasado?
- No lo sé –se encogió de hombros –Estábamos desayunando en casa de Maite y se le han cruzado los cables.
- ¿Dónde está?
- En el baño –se unió Tanya exhibiendo su habitual rojo gruñón –Me ha puesto de los nervios con tanta tontería, le he soltado un par de gritos y se ha encerrado. ¿Sabías que anoche casi se zurran?
- ¿Qué? ¡No! –me sorprendí –Anoche estuve con ellas y te aseguro que todo fue bien –recordé lo confuso de verlas sin discutir –Demasiado bien, incluso.
- ¿Anoche estuviste en el Lesway? –se sumó Cloe.
- Sí.
- ¿Y dices que todo fue bien? –preguntó Sasha
- Sí –pero la mirada de reojo que compartieron las cuatro me hizo sospechar –Antes has dicho que Maite se lo contó en el Lesway – y Sasha afirmó –Porque Sharleen se lo pidió –asintió de nuevo –Así que fue por eso –até cabos –Sharleen me sacó a toda prisa del local y luego Lora vino detrás nuestro amenazando con mandarla de vuelta a Boston de una patada en el trasero –les conté a las chicas –Se lo diría entonces.
- ¿Y luego? –demandó Cloe
- Y luego no lo sé. Nos fuimos –alegué.
- ¿Cómo que os fuisteis? –desaprobó Tanya –¿Os largasteis sin más?
- Cariño, se fue con Sharleen –matizó Diana.
Pero lejos de la reacción que me esperaba a base de regodeos y bufonadas al destapar lo mío con Sharleen, volvieron a mirarse entre las cuatro en un prolongado silencio.
- No mola nada cuando hacéis esto –protesté incómoda.
-¿Sabéis qué es lo que no entiendo? –reanudó Diana –Por qué la toma con Sharleen y no con Maite.
- Se nos escapa algo –advirtió Tanya.
- Sí, la fuerza por la boca –al fin Lora hacia acto de presencia, ojerosa, sollozante, pálida y con la voz medio rota –¿Estamos todas o queréis avisar a alguien más? –reprochó mordaz.
- Avisaré a Maite – y móvil en mano, Tanya salió del local.
- ¿Vas a mandarme a la mierda si pregunto cómo estás, verdad? –se acercó vacilante.
- Sí –apoyó su cabeza en mi hombro.
- Arreglaremos esto, no te preocupes –alentó Diana de camino a la barra para pagar la cuenta.
Me hubiera gustado tantísimo poder compartir el optimismo de Diana. Pero después de sus palabras sobre a quién y porqué culpaba Lora, me pesaba de sobremanera saber de más y habérmelo callado. Quizás Sasha tenía razón y debíamos contarlo, por si tal y como empecé a presentir tenía más importancia que la de un simple error del pasado.
- Cuando queráis –se asomó Tanya por la puerta.
A medida que nos acercábamos al portal de Maite y menos tiempo me quedaba para tomar una decisión, con mayor insistencia buscaba la atención de Sasha. Aunque no fue hasta llegar al ascensor y separarnos en dos grupos cuando tuve mi oportunidad.
- Nosotras subimos a pie – arrastré conmigo a Sasha escaleras arriba.
- ¿Estás pensando lo mismo que yo? –se dio cuenta
- No lo sé. ¿En qué estás pensando?
- Yo he preguntado primero –reivindicó.
- Creo que deberíamos contarlo. –nos detuvimos en el primer rellano.
- Pues no pensamos lo mismo.
- Espera, ¿en qué estás pensando tú? –quise saber.
- Que fue con Sharleen. –retomó la subida
- Vale. No quería saberlo –admití –¿Eres consciente de lo extraño que suena, verdad? -–abordé el segundo tramo de escaleras huyendo de esa visión en mi mente.
- Sí, claro, pero piénsalo, ¿qué clase de secreto confiesas con una copa de más que te hace enfadar cuando la otra persona se va y te desquicia cuando vuelve?
- Sexo –afirmamos a la par –¿Y si no fue con Sharleen pero también lo sabe? –razoné una alternativa.
- Y Lora ha enloquecido por miedo a que con su vuelta salga a la luz lo ocurrido –argumentó –Puede ser.
- Pues lo hablamos con Sharleen, ¿no? –llamé a la puerta – Si tiene algo que ver con lo que pasó y lo que pasó con esto…
- Y si no lo tiene, sabrá algo que prometimos no contar –interrumpió – Y en el peor momento posible –señaló el timbre de Maite descolgado de la pared.
- No dirá nada – avalé por Sharleen.
Armé el puño en alto para llamar de nuevo con más firmeza cuando se abrió la puerta y volví a quedar atrapada en su mirada, intimidante y firme, con la misma intensidad que recordaba. Pero también recordaba la disparatada lista de órdenes que me dieron las chicas la noche anterior, no apartar la mirada, no hablar y no sonreír, y la situación se tornó algo extraña.
- Hola – saludó con una tenue sonrisa en sus labios.
- Hola – respondí instintivamente – ¡Ay, no! – renegué en voz baja al darme cuenta de que había hablado y aparté la mirada – ¡Ich, tampoco! – y recuperé al instante el contacto visual con los ojos bien abiertos y las cejas alzadas dispuesta a mantenerlo fijo esta vez pero con los labios contraídos hacia dentro para evitar cometer el primer error de nuevo. Entonces la vi esbozar una completa y suave sonrisa y contagiada por su acto, extendí las comisuras de mis labios hacia los laterales ofreciéndole una grotesca respuesta. Y al darme cuenta de que había roto el tercer aviso, fruncí el ceño espantada de mi propia conducta.
- ¿Vais a pasar? – me observaba divertida.
- A mí me gustaría – reclamó Sasha dándome una palmada en el trasero.
- ¡Oh, por Dios! – me tapé la cara con ambas manos y cruce el umbral realmente abochornada.
Llegué apresurada al salón y di con las expresiones de Sharleen y Maite, que tras presenciar mi breve pero intenso momento de paranoia, me miraban entre confundidas y burlonas.
- ¿Qué demonios ha sido eso? – preguntó Maite.
- ¿Eso? Culpa tuya, por hacerte caso – rechisté y al llegar hasta Sharleen le di un beso.
- Hola a ti también – y con sus manos en mis mejillas, Maite me besó inesperadamente
- No era necesario –protestó en voz baja Sharleen.
- ¿Qué? ¿Tú también quieres uno? – y Maite le estampó otro a Sharleen.
- Iba a acercarme a saludar, pero paso – objetó Sasha – Sharleen, ¿podemos hablar?
Sharleen recogió sus cosas del sofá y nos siguió hasta la habitación justo cuando el resto llegaban y mientras acomodábamos las chaquetas y las respectivas bolsas sobre la cama, antes de poder preguntarle sobre lo que estaba pasando, tomó la iniciativa.
- ¿Vais a contarme qué sabéis? – nos cogió por sorpresa – Oh, vamos, tú no te has extrañado cuando te ha dicho que Maite no la engañó – me señaló – Y Sasha, no te ha extrañado que no se extrañara, así que, ¿Qué sabéis?
- Íbamos a preguntarte lo mismo – planteó Sasha.
- Volví hace una semana – replicó – ¿Qué voy a saber?
-¿Algo de antes de marcharte, quizás? –sugerí.
- Más le vale – afirmó severa Tanya entrando en la habitación e increpándonos con la mirada para que saliéramos. Nos unimos al corro formado por el resto alrededor del salón.
- Sólo quiero hablar con ella, joder – protestó Lora.
- Ya te lo he dicho, puedes decirme lo que quieras delante de las chicas – expuso Maite.
- ¡Tú! – Lora reparó en la presencia de Sharleen – ¡Todo esto es por tu maldita culpa!
Quise interponer mi cuerpo entre ambas y frenar el descontrolado avance de Lora hacia Sharleen cuando la chica misteriosa se me avanzó y con una simple mirada, no sólo la detuvo, sino que la hizo retroceder. El resto, permanecieron en silencio con su atención puesta en Sharleen.
- Para que quede claro de una vez por todas y por si alguien más se lo está preguntando; no sé nada. ¿De acuerdo? No tengo ni la más mínima idea de lo que está pasando – aclaró preocupada.
- Que has vuelto –acusó Lora.
- No te ha importado lo más mínimo mi vida los últimos cinco años, ¿Por qué te importa ahora tanto que haya vuelto? – reprochó Sharleen
- Porque sabía que esto pasaría, sabía que traerías contigo toda tu mierda.
- Que… Mi mier… – Sharleen tomó una profunda bocanada de aire – Vale, lo entiendo. Es por lo de anoche. Me metí donde no me llamaban. Lo siento.
- Lo entendemos todas – medió Diana – Pero cualquiera de nosotras nos habríamos metido si lo hubiéramos sabido antes.
- ¿En serio os vais a tragar que esto es por lo de anoche? –intervino Tanya – Lleva molesta desde que supo que Sharleen volvía.
- Lleva molesta desde que se fue – corrigió Cloe.
- Y como siempre, todas bailando a tu son – se mofó Lora.
- Me pareció lo correcto, creí que era justo que supieras la verdad – justificó Sharleen y el resto asentimos de acuerdo con ella.
- ¿La verdad? Bien, tengo unas cuantas verdades para todas.
- Lora, no… –quise detenerla sin demasiado éxito.
- Tanya, tú querida Diana se ve desde hace meses con Lucía. Cloe, Sasha se va de Erasmus este verano. Maite, ay Maite…
- Lora. Ya es suficiente. – vi clarísimo cual era la parte que le tocaba a Maite.
- Oh, cierto. Yolanda, ella es Isis, el nuevo juguete sexual de Sharleen. Isis, ella es Yolanda, la ex-zorra de Sharleen. Y para ti, la verdad de la que huiste. Pobrecita Sharleen – empezó a relatar en tono burlón – Que una buena mañana fue a ver a su enamorada y la muy golfa estaba con otra.
- ¿Has terminado? – instó Sharleen visiblemente molesta.
- Veamos, cuernos, mentira, cuernos, juguete sexual, zorra – enumeró Lora – Tienes la puerta al fondo, puedes salir corriendo cuando quieras.
- Siento fastidiarte la fiesta Lora, pero yo no me fui porque Yolanda estu - se detuvo en seco.
Se quedó ausente un buen rato, con la mirada vacilante entre varios puntos del salón, cómo si buscara algo que había perdido, con una expresión cambiante en su rostro, desde el acero más frío hasta la perplejidad más extrema y murmullando en silencio. Yo, por mi parte, oscilaba inquieta entre el repentino estado de Sharleen y la frialdad que mostraba Yolanda por lo que estaba sucediendo. “Su ex”, me repetí sorprendida. Y me acordé de lo sucedido anoche, de cómo Sharleen pasó por delante de mí con la más absoluta de las indiferencias al salir del Lesway con ella. Y la marca rubí en su cuello al volver. “Me enamoré como una cría” recordé sus propias palabras.
- ¿Cómo sabes tú eso? – reaccionó al fin Sharleen con la voz ahogada y la mirada encendida.
- Ya no te gusta tanto la verdad, ¿hum? – desafió Lora.
- Me sobra uno – interrumpió Cloe – Tanya, Isis, Yolanda y yo son cuatro – contó con su mano izquierda – Y ha dicho cinco – levantó la derecha al aire y empezó a contar – Cuernos, mentira, cuernos, juguete sexual y zorra ¿no?
- Cloe, ¿en serio? – reprendió Tanya
- Pero es que me sobra uno – insistió convencida.
Y mientras todas repasábamos la cuenta de nuevo y a pocas nos cuadraba, desde la esquina del salón donde permanecía Sharleen, llegó un amargo suspiro en forma de exhalación temblorosa y quebradiza.
- No te sobra nada – afirmó Sharleen con una sarcástica sonrisa en los labios – Madre mía, llevas tanto tiempo con la cabeza metida en tu propio culo, que ya no distingues de quien es la mierda en la que te ahogas – le dedicó a Lora, se hizo con el paquete de tabaco de Maite y salió por la puerta del balcón.
- Yo iré –se ofreció Maite cuando algunas dimos un paso para ir tras ella.
El resto nos quedamos en nuestro lugar manteniendo el círculo y sumergidas en un engorroso silencio, mirándonos unas a otras sin que ninguna se atreviera ni tan solo a pestañear.
- Cariño, puedo explicarte lo de Lucia – empezó Diana
- No hace falta. – aseguró Tanya serena – Te conozco y sé que tu propia moral te habría vuelto loca si se te ocurriera engañarme.
- ¿Y tú, te vas? – tomó la palabra Cloe con unos morros hasta el suelo a punto de hacer pucheros.
- No. Nos vamos – reveló Sasha – Aun no quería decirte nada porque me faltan un par de cosillas por arreglar pero, tengo un billete para ti y he encontrado un apartamento a las afueras de Londres.
- Oh, por favor –desdeñó Lora – Buscaros una habitación. Lejos de aquí.
Sus palabras llamaron de sobremanera mi atención. Porque ya las había escuchado antes y no hacía demasiado, aunque en ese momento no pudiera recordar cuando o donde fue. Lo que sí sabía era cuanto me apetecía una copa del vino olvidado en una esquina de la mesa del comedor y lo bien que me vendría para bajar el insistente nudo en la boca del estómago que se me formó con la diarrea verbal de Lora. Así que fui a la cocina a por una copa.
- Parece que no nos han presentado en el mejor momento – Yolanda entró en la cocina con la botella de vino en la mano y recogió una copa de la encimera con la otra.
- Ni de la mejor manera – tuve que admitir al invocar en mi mente las palabras de Lora.
- ¿Puedo? – me llenó la copa mientras yo la observaba fascinada, no sólo por su porte, su elegancia y su evidente sensualidad, sino porque a pesar de lo ocurrido seguía manteniendo su actitud glacial e impasible.
- ¿Por qué la dejaste marchar? –me venció la curiosidad.
- Oh, princesa. Me temo que eso no es asunto tuyo, en absoluto – apoyó su cadera en la encimera – Pero me gusta tu atrevimiento – me incomodó de repente su sonrisa –¿Acaso tú eres un juguete?
- No –respondí con la boca pequeña.
- Entonces no des por hecho que yo soy la zorra – se sirvió su copa.
- Sharleen se fue sin más – reveló Tanya desde la entrada de la cocina – De la noche al día nos enteramos de que se iba.
- Y porque Maite nos lo contó – se unió Diana – ¿Queda vino?
- Sacaré otra – Yolanda sacudió al aire la botella vacía.
Regresamos al salón y tal como había ocurrido en la cocina, los ánimos también habían cambiado por completo; sentadas en el sofá, Cloe y Sasha arropaban a una desconsolada Lora. Sasha me miró apenas un segundo pero me bastó para comprender el nuevo giro en el ambiente.
- Fue con ella – comprendí, ganándome la atención del resto – ¿Puedo contarlo ya?
Febrero de 2004, se cumplía el primer aniversario de la marcha de Sharleen y las chicas, por algún macabro sentido de la amistad, decidieron que era buena idea quedar todas y salir a celebrarlo, algunas en su nombre y otras por su ausencia, como Lora. A mí, que apenas hacia unos meses que las conocía, me pareció genial pegarme una noche de fiesta con ellas sin que me importara por qué causa fuera, sino salir.
El plan era juntarnos en Aire a primera hora y cuando nos echasen, por que para entonces cerrábamos locales noche sí y noche también, bajábamos para Arena y esperábamos a Maite en la puerta de los sellos. Pero aquella noche y cuando Maite llegó acompañada y Lora empezó a gruñir por todo, Sasha nos propuso una alternativa antes de que la fiesta se echara a perder; ir al Imagine. Una amiga suya pinchaba en el local y siempre le insistía con que deberíamos pasarnos. Y salvamos la noche. En especial Lora y la amiga de Sasha, que tuvimos que despegar por la fuerza si queríamos volver a casa. Entonces, mientras bajábamos por Balmes, Lora soltó la bomba; nos contó que una noche de hacía poco más de un año, de la misma fortuita manera y por el mismo motivo, huir de Maite, acabó engañándola con otra chica.
- ¿Estás insinuando que fue con Yolanda? – se escandalizó Tanya
- Y lo que ha dicho de que la pilló en su casa con otra, era con Lora. – aclaró Sasha.
- Pensábamos que lo sabía y que por eso se fue – confesó Lora.
- Pero si Sharleen no sabía nada de esto ¿Por qué se fue? – señaló Diana.
Y al fin, una muestra de humanidad en el rostro de Yolanda mientras servía el vino, realmente ínfima, prácticamente nula, una pequeña mueca en sus labios dándome a entender que apenas habíamos empezado a tirar del hilo.
Maite y Sharleen volvieron del balcón; la primera, envuelta en una temible y espesa nube negra de desprecio, la segunda, enfundada en su traje de impasibilidad y la mirada fija en Yolanda. Por sus caras, ya lo sabían.
- Maite – quiso hablar Lora.
- Ni se te ocurra – sentenció Maite y tras ir a la habitación y sacar las cosas de Lora, rebuscó en su bolsa de mano, sacó un manojo de llaves, se las pasó a Yolanda y lanzó la bolsa y su chaqueta sobre Lora – Fuera.
- Maite, por favor – quiso mediar Diana.
- ¿En serio? ¿Sigues defendiéndola? – azuzó Maite – Porque puedes irte con ella.
Diana se encogió de hombros y fue a por sus cosas y las de Tanya, pero al salir y cuando se las alcanzó, Tanya dio un paso atrás.
- Yo me quedo. Te veo en casa más tarde.
- Yo también – enunció Sasha – No te veo en casa, digo que me quedo.
- ¿Sasha? – protestó Cloe tras seguir los pasos de Diana y salir cargada de la habitación.
- Tengo una última verdad para ti, Lora; has conseguido lo que una década no, separarnos – sentenció Sharleen – Enhorabuena.
- Chicas, vamos, no hagáis esto – rechacé a lo que estábamos llegando.
- Vete – la escuché detrás de mí – Te pregunté si sabías algo.
- ¿Sharleen? – la miré alarmada.
- No te quiero aquí. – pero apenas pude reconocer su mirada, hostil y cruda, cabizbaja e inundada en lágrimas.
Recogí mis cosas lo más deprisa que pude y me uní al resto de desterradas en el rellano. Y eso fue lo más lejos que llegué antes de romper a llorar.
10. HÁBLAME DE AMOR
Una sonrisa inalterable en mis labios, una placentera serenidad por todo mi cuerpo y un característico entumecimiento muscular era todo lo que quedaba de la noche anterior cuando desperté. Ni rastro de Sharleen. Ni de ella, ni de su ropa, ni siquiera de que alguna vez hubiera estado en mi habitación; Su cojín con la tela estirada, mullido y colocado perfectamente en su sitio. La colcha y la sábana alineadas prácticamente al milímetro, vuelta incluida. Y su lado de la cama, frío como un témpano. Ronroneé de lado a lado de la cama unos minutos más antes de levantarme y abandonar en ella mi pequeño momento de debilidad y fantasía, y vuelta a vuelta fui acallando esa pequeña parte de mí que deseaba haber despertado con ella, censurando hasta el más mínimo resquicio de duda que su fuga a hurtadillas me provocaba fiel a la decisión que tomé de confiar en ella.
Llevaba meses esperando un día libre en el trabajo y durante meses tuve claro que lo único que iba a hacer ese día sería dedicármelo por completo. Y eso empezaba por un largo y tranquilo baño. Con los pies en el suelo y tras descubrir que estaba mucho más hecha polvo de lo que pensaba, me hice con una toalla del armario y salí hacia el cuarto de baño.
- Buenos días –saludó Sharleen desde el sofá.
- Bueno días –respondí automáticamente mientras cruzaba los escasos dos metros de una habitación a otra.
Cerré la puerta, dejé la toalla en el colgador, abrí el agua caliente, me peiné en un moño alto la maraña de nudos y enredos de mi pelo y me mal cepillé los dientes. “¿Buenos días?” me di cuenta. Cerré el grifo, me enrollé en la toalla y saqué la cabeza por la puerta. Y en efecto, ahí estaba, sentada en la esquina del sofá más cercana, vestida de pies a cabeza, con los brazos sobre sus rodillas y una taza entre las manos.
- ¿Qué haces aquí? – articulé incrédula, observándola realmente sorprendida por su presencia.
- La verdad es que llevo toda la mañana preguntándome lo mismo – dejó la taza sobre la mesa de centro y se puso en pie.
- Vale, ha sonado peor de lo que realmente quise – me apresuré en corregir – Es sólo que...
- Pensaste que me había ido. – terminó por mí mientras se acercaba a paso vacilante. – Y créeme, lo he intentado – afirmó confusa – Pero no te imaginas el montón de excusas para no irme que he sido capaz de encontrar, cada vez que me he acercado a menos de un metro de esa puerta, antes de darme cuenta que no necesitaba todos esos motivos para no irme sino uno sólo para quedarme. – y al fin, una tímida sonrisa.
Sostuve su mirada en un largo silencio cara a cara mientras atesoraba en mi mente aquel momento y cada una de sus palabras.
- Isis, empieza a preocuparme la capacidad que tienes para quedarte sin palabras – alargué mis brazos alrededor de su cuello y silencié sus labios con los míos.
No recuerdo cuanto duró aquel beso. Si fue uno de largo o contenido o el único. Si fue tierno, apasionado, lento o bravo. De ese beso sólo guardo en mi mente la aterradora facilidad con la que me llenó de vida y me dejó sin ella a la vez. Eso, y su sabor.
- ¿Eso es café? – noté el dulce amargor en sus labios.
- Pues sí. – recogió su taza, me cogió de la mano y me llevó con ella hasta la cocina – Y espero que tengas hambre.
- Oh – fue cuanto mi propio asombro me dejó pronunciar.
Huevos revueltos, jamón dulce a la plancha, tostadas, zumo natural, macedonia con yogurt, platos, cubiertos, servilletas, vasos y una taza para mí, aguardaban dispuestos en la mesa auxiliar de la cocina.
- Y todo esto ha salido de mi frigorífico.
- ¿Demasiado, no? Es la costumbre – justificó con una mueca – ¿Prefieres sólo café, mejor? – señaló la cafetera sobre la encimera.
- No, ni hablar. El desayuno más decente que he tenido en meses fue una bolsa llena de aceite y bollería industrial. Y ni siquiera la compré yo.
- Entonces, ¿desayunamos? – me invitó a tomar asiento.
- ¿Echas de menos Boston? – me aventuré a preguntar.
- En absoluto. – afirmó mientras servía el zumo – Mi vida siempre ha estado aquí.
- ¿Puedo preguntar por qué te fuiste? – tanteé.
- Claro. Puedes preguntar lo que quieras. – mordió su tostada y me observó en silencio.
- Ya veo – comprendí que yo era libre de preguntar y ella de responder.
- Mira, no es que no quiera contártelo, es que es más complicado que sólo ir y venir de un sitio. ¿Quieres? –me acercó el azúcar – ¿Y tú, por qué te fuiste?
- Dios, eso – recordé abochornada mi huida del Lesway – Supongo que fue demasiado – reconocí a media voz – Demasiado rápido. Demasiado excitante. Y sin duda, demasiada gente.
- Lora, Carol… – enumeró entre risas.
- No, no. No quiero saberlo. – detuve un posible exceso de información innecesaria.
- Hazme un favor y sácame de ahí contigo la próxima vez. Porque hace una semana que intento borrar ciertas imágenes de mi mente – extendió su mano sobre la mesa – ¿Deal?
- Deal – agarré su mano entre la mía. – Espera, ¿has dicho la próxima vez? – reparé tarde.
- Tenemos un trato – acompañó sus palabras con un guiño antes de soltarme la mano – Bueno, cuéntame, ¿cómo acabaste mezclada con las chicas?
- Pues cuando le conté a mi hermana que me gustaban las chicas lo primero que hizo fue acordarse de una amiga del instituto e intentar juntarnos. Pero no sólo me sentó fatal que quisiera aparearme con otra mujer como si se tratara de cruzar dos perros sino que la amiga en cuestión resultó ser Maite, que estaba con Lora.
- Así que estás fuera del armario – se levantó con mi taza a por café.
- Sí, pero para mi familia sigue siendo un mundo paralelo. ¿Por qué, tú no?
- Sí. Y ahora es genial, aunque ha sido un largo camino. Al principio se limitaron a convivir pasivamente con ello como si se me fuera a pasar con la edad o una tontería por el estilo.
- ¿Les has presentado a alguien alguna vez?
- Ni de coña. Lo mío con Maite no fue tan formal ni duró tanto como para exponer ni a mis padres ni a ella, a una situación tan incómoda. Y presentarles a...
- Maite y tú habéis estado juntas – interrumpí sorprendida.
- Sí, pero fue hace mucho tiempo, y no, no pasó nada la otra noche – advirtió ladina – ¿Y tú? ¿Alguien especial en ese mundo paralelo?
- Bueno, no sé si especial es la palabra exacta – tomé un sorbo de café – ¿Cómo recuerdas tu primer amor?
- ¿Lejano? La verdad es que intento no recordarlo – puso los ojos en blanco – ¿Es que fue tu primera chica?
- Nos conocimos el primer año de universidad. Pero no teníamos los mismos planes de futuro al terminar, incluida nuestra relación y decidimos dejarlo por mutuo acuerdo.
- Pero seguís en contacto – se interesó mientras recogía los restos del desayuno.
- Lo justo para saber como nos va. A su mujer no le hace ni pizca de gracia – me hice con las tazas – ¿Te apetece otro café?¿En el sofá? – propuse mientras rellenaba ambas tazas cuando noté sus manos subiendo por mis muslos bajo la toalla – ¿Aquí? – y su sonrisa sobre mi cuello entre beso y beso.
- Aquí – se deshizo de mi toalla.
- Mis piernas – solté las tazas de café para apoyarme en la encimera al sentir que empezaban a flaquearme.
- Yo te sujeto – sus manos trepaban por mi cadera y sus labios se deslizaban juguetones por mis hombros.
- Vale, aquí. – terminé cediendo con su lengua bajando por mi espalda.
Fue tan sencillo e inevitable abandonarme a la suavidad de sus manos. A la ternura de sus labios al besarme. A tan delicada danza de caricias sobre mi piel creando el más caótico y vehemente deseo a su paso. Un paradójico frenesí conquistando implacable cada centímetro de mi cuerpo. Tan intenso y tan pausado. Y apremiante. Pero eterno.
- Sharleen – me rodeó con su brazo – No me sueltes.
- Nunca – me aferré a ella vencida por los efectos de su mano entre mis piernas.
Me sostenía entre sus brazos mientras yo recobraba el pulso, la respiración, el equilibrio y la dignidad, cuando tuve la abrumadora necesidad de detener el tiempo a nuestro alrededor y capturar en él, aquel abrazo para siempre.
- ¿Por qué no me esperas en el sofá mientras recojo esto y ahora voy con los cafés? – propuso regalándome una nueva y dulce serie de pequeños besos en el cuello.
- Tengo una idea mejor. Vamos – recogí la toalla y tiré de su camiseta para que me siguiera.
La llevé hasta el cuarto de baño, dejé mi toalla en el colgador, le pedí su ropa y fui a mi habitación a por otra toalla para ella. Taponé la bañera, abrí el agua caliente y la invité a entrar.
- Me gusta como piensas – elogió tumbada entre mis piernas – Ya no me acordaba de lo fantástico que es esto.
- ¿Darte un baño?
- No lo digo por eso, pero también – deslizó sus manos sobre las mías – ¿Haces esto muy a menudo?
- Siempre que puedo – me miró escéptica esbozando una capciosa sonrisa – No lo has dicho por el baño, otra vez –comprendí a destiempo desencadenando su risa – No es que me sobren las oportunidades para hacerlo, así que no, no lo hago muy a menudo.
“Llámalo oportunidad, llámalo interés” añadí mentalmente. Porque hacía muchísimo tiempo que no había vuelto a sentirme lo bastante cómoda ni atraída por otra mujer más allá de un primer y efímero flirteo que rara vez acaba en sexo. Y si lo hacía, o era genial pero lo único que valía la pena entre esa chica y yo o resultaba preocupantemente descoordinado y no valía la pena que hubiera nada más. Hasta anoche. Cuando irremediablemente atraída por la idea de acostarme con Sharleen y sorprendentemente cómoda mientras ocurría, todo fue tan natural y cómplice.
- Me fui por una chica – descubrió al fin en un profundo y sosegado suspiro – No detrás de una. Sino para alejarme, más bien. Yo me enamoré como una cría y ella no era capaz de amar a nadie que no fuera a sí misma – apoyó su cabeza en mi pecho y cerró mis brazos sobre ella – Así que hice las maletas y me fui lo más lejos posible para olvidarla.
Y de nuevo, aquel apacible hormigueo en mi vientre alimentando el mismo e incontrolable sentimiento de no querer soltarla nunca de entre mis brazos. Sintiéndola tan frágil entre ellos. Sintiéndome tan frágil con ella entre ellos. Preguntándome quién fue la insensata que no supo amarla. Y la dejó marchar. “Jamás te dejaría ir de mi lado. No podría. Ya no”.
Un fugaz pensamiento sobre lo sucedido hasta el momento y un simple segundo para observarla desnuda sobre mí, y cada centímetro de mi piel volvió a arder por ella.” Oh, vaya” me sorprendí a mi misma, “ahora no es el momento, luego” quise contener, “luego, también” reivindicó esa inofensiva parte de mí que silenciada de buena mañana, ahora exigía satisfacer sus deseos.
- Decídete. – acertó clarividente – Antes de que pierdas del todo la sensibilidad en los dedos – me mostró mi mano mellada por el remojo.
-¿Qué? No… yo…– titubeé avergonzada.
- No sólo te oigo latir el corazón. Y respirar. Sino que estás calentando el agua de nuevo – advirtió entre risas.
- Puede que se me haya pasado por la cabeza – admití contagiada por su risa.
Alzó la cabeza, me acercó a ella con la palma de su mano sobre mi mejilla y apresó mis labios en un frágil beso, jugando a entrelazarlos entre los suyos, mordiéndolos con una suavidad delirante a veces, lamiendo sutilmente otras, para volver a capturarlos en un nuevo beso.
- Entonces, ¿aquí? – sonrió maliciosa.
- Aquí.
Hundí mis manos a través de su vientre con mi boca apresada entre la suya, besándome con una mayor y asfixiante necesidad cuanto más apuraba mis movimientos entre sus muslos cuando, desde la lejanía del comedor, el inconfundible timbre del interfono nos detuvo en seco.
-¿Esperas a alguien?
- No. – llegó un segundo timbrazo – Será el cartero – resolví indiferente, pero antes de poder devolver mi mano a la calidez de sus piernas, nos alcanzó un prolongado tercer timbrazo.
- Las chicas – conjuramos al unísono.
Salimos despedidas de la bañera por la fuerza del pánico y entre varios vamos, espera, toma, un tímido lo siento por mi parte y envuelta de nuevo en la toalla, llegué hasta la puerta.
- ¡Que ya voy! – apremió un último y exigente repique – ¿Sí? Sasha, hola. Claro, sube. – esperé tras la puerta a escuchar el ascensor y abrí.
- ¿Se puede saber donde demonios estabas? – entró a paso largo y aireando las manos – Llevamos toda la maldita mañana buscándote y no coges el teléfono ni respondes al móvil.
- ¿Qué? No, llevo toda la mañana en casa – miré el fijo – Y no ha llamado ni Dios – rebusqué en mi bolso y saqué el móvil, apagado y sin batería – Oh, mierda. Espera – fui a mi habitación, seguida por Sasha, a por el cargador para el móvil y a comprobar el otro terminal fijo – Joder – retiré mis pantalones de encima y lo descubrí descolgado – ¿Pero qué..? – en cuanto conecté y encendí el móvil se volvió loco mostrando una llamada perdida tras otra, entre tono y tono de una interminable cadena de mensajes recibidos. Miré a Sasha realmente preocupada.
- Tengo el coche mal aparcado, así que date prisa, vístete y nos vamos… – un ruido desde el baño atrajo su atención – ¿Quién hay en el baño?
- Mmmm, ¿nadie?
- ¿Isis? – insistió.
- Sasha – salió Sharleen del baño.
- ¿Sharleen? – la miró con los ojos como platos y las mejillas coloradas.
- Sasha – repitió Sharleen.
- No he visto nada. No se nada. No diré nada – soltó de carrerilla
- Sasha – volvió a llamar su atención Sharleen – Necesito pasar, tengo mi ropa en la habitación – Sasha se hizo a un lado – Y bien, ¿qué ha pasado? – preguntó mientras empezaba a vestirse.
- Que se le ha ido la pinza a Lora. Y esto se veía venir – refunfuñó cabizbaja – Está en casa de Maite, pasada de todo, aporreando el portal y soltando mierda a los cuatro vientos, gritando que tiene que hablar con ella.¿Se puede saber qué haces? – preguntó molesta mientras yo revolvía una y otra vez dentro de la cama.
- Busco mi sujetador – reconocí con la boca pequeña.
- Yo lo he visto. Toma – Sharleen lo encontró bajo su toalla.
- Vale. ¿Sabéis qué? Os espero en el coche.
Tras el portazo de Sasha al salir busqué la mirada de Sharleen para asegurarme de que todo estaba bien y en orden cuando la vi sentada en el borde de la cama con la mirada perdida en el Boston Terrier. Antes de poder preguntarle que ocurría se anticipó a mis palabras.
- ¿Estás? Deberíamos ir bajando – se enfundó las botas y salió de la habitación.
Salí tras sus pasos hasta el comedor segundos después, recogí mi bolso, las llaves, la chaqueta y me planté a su lado junto a la puerta. Y ella tan ausente. Detuve su ademán de abrir cazando su mano al vuelo.
- Sharleen, ¿qué ocurre? – posé mi mirada en la suya, fría y distante de repente, cuando estalló un nuevo timbrazo en el interfono.
- Te lo cuento de camino – abrió la puerta y me invitó a salir.
Salíamos del portal y un bozinazo de Sasha desde la esquina superior de la calle nos dio la posición de su coche. Sharleen me indicó con un breve mohín en los labios que me sentara en el lugar del copiloto y se metió en los asientos traseros.
- Espabilando que es gerundio –acució Sasha mientras entrábamos en el coche – Cinturones, ya – no esperó para ponerse en marcha – Genial, ¿puedes cogerlo? – saltó su móvil desde el fondo de su mochila al lado de Sharleen.
- ¿Sí? – atendió la llamada – Sí, ya lo sé. Diez minutos o menos. Vale. Sí. Hasta ahora – devolvió el teléfono al interior de la mochila – Tanya, que están en la tetería de la rambla y nos quiere allí para ayer.
- A ver, por partes y desde el principio – le indiqué a Sasha terminando de acomodar mis cosas con el dichoso cinturón.
- Resulta que anoche, Maite, le dijo que nunca la había engañado, que se lo inventó todo para provocar que rompieran. Y le ha explotado el cerebro.
- ¿Qué? – sacudí la cabeza incapaz de creérmelo – ¿Por… por qué? ¿Por qué se lo ha contado? ¿Y ahora, después de tanto tiempo?
- Porque yo se lo pedí. – alegó Sharleen con una frialdad escalofriante en su voz.
- ¿Qué tienes que ver tú en todo esto? – busqué su atención a través del espejo interior.
- Maite usó como cebo a la ex de Sharleen – reveló Sasha.
- ¿Tu ex? – el corazón me dio un vuelco – La chica por la que te fuiste – comprendí en su silencio.
- Podemos centrarnos en la que se nos viene encima, por favor – instó Sasha.
- Bueno, algo me dice que Lora no querrá ni verme así que pasaré por casa de Maite primero, a ver cómo está el patio. Déjame por aquí cuando puedas – Sasha encendió las luces de emergencia aprovechando un semáforo en rojo.
- Veré que puedo hacer con las chicas y te digo algo en cuanto pueda – añadí a sus planes.
Pero no cruzó palabra alguna de nuevo ni me miró una sola vez más. Salió del coche, se recolocó la chaqueta, se echó la mochila al hombro y cruzó la calle a paso firme. Tan indiferente. Tan magnética como inquietante.
- ¿Sharleen, eh? – reanimó el tema Sasha volviendo a la circulación.
- ¿Tú también vas a sermonearme? – repliqué mirándola recelosa – Porque Lora ya me dejó bastante claro que me andara con cuidado.
- No me preocupo por ti, sino por ella. Isis, sacrificaste una relación de casi cinco años porque no encajaba en tu futuro. Y Sharleen ha sacrificado cinco años de su futuro por una relación. ¡Te tengo! – encontró un hueco donde aparcar – Sólo digo que, bueno, puedes juntar el agua y el aceite…
- Pero nunca lograrás mezclarlos – completé por ella – Lo sé.
- Exacto. Lo sabes – sentenció tras apagar el motor – Pero te gusta.
Una sonrisa a medias, una última mirada sostenida y abandonamos el coche rumbo a la tetería.
- Deberíamos haberle contado lo otro – reprochó Sasha.
- Prometimos no decir nada, pasara lo que pasara – censuré.
- ¿Crees que no va a enterarse de todos modos? – se detuvo enfrente de la puerta de la tetería.
- ¿Lo sabe Maite? – quise saber.
- No, creo que no. O no cuando me he ido.
- Bueno, ya es algo, por el momento – empujé la puerta – Vamos.
8. DÉJATE LLEVAR
Apenas habíamos cruzado palabra alguna cuando una repentina seriedad cubrió por completo su rostro y su mirada quedó perdida en algún punto más allá de la pista de baile. Antes de poder preguntar qué pasaba, me agarró por la cintura y en un simple y veloz giro de brazo me resguardó tras ella.
- Maite. – fue cuanto llegó a pronunciar Sharleen.
- Nos vamos – ordenó Maite tirando de mi.
No me resistí. Sólo me dejé llevar. Observando a Sharleen, extrañamente seducida por su actitud, mientras Maite me alejaba de ella rodeando la pista central hacia la salida.
- Espera – me detuve en seco al percibir un cambio en la mirada de Sharleen – Maite, espera.
- Isis, en serio. Tenemos que irnos.
- No, no, un momento. – y seguí la trayectoria de su mirada hasta el centro de la sala.
Entonces la vi. Guiada por el murmullo de la multitud apartándose ante ella. Una figura esbelta trazada a la perfección entre las demás. Cruzando la sala firme y regia, dejando tras sus pasos de felino, un rastro de sonrisas tímidas y miradas evasivas. Avanzando impasible entre el resto. Altiva, suntuosa e hipnótica. Pura sensualidad en movimiento.
- ¿Quién es? – quise saber completamente fascinada por esa mujer y decidida a no dar ni un paso más
.
- Nadie. ¿Podemos irnos? Cuanto antes te saque de aquí antes podré ir a por Sharleen.
- Ve. Yo me encargo – se nos unió Lora a los pies de la escalera principal. – Isis, vamos.
- No.
- A buena hora te pones cabezona. – refunfuñó Maite.
- Vamos al Artes, esperamos a que vuelvan Maite y Sharleen y lo hablamos. – me invitó a seguir extendiendo su mano – Por favor.
- No.
- ¿Pero que os pasa esta noche? – aireó Maite – ¿Os habéis puesto de acuerdo para sacarme de quicio?
- ¿De que está hablando? – susurré a Lora
- Luego te lo cuento. Vamos.
- No.
- Cógela por arriba y yo le agarro las piernas
.
- ¡Maite, no! – y Lora interpuso su cuerpo entre Maite y yo.
- Pues ya me dirás como piensas sacarla de aquí. Porque hay que sacarla.
- Eso ya lo sé. Díselo a ella.
- Qué crees que estaba haciendo.
- Chicas – llamé la atención de ambas.
-¿¡Qué!? – respondieron al unísono.
Advertidas por mi expresión y con la mirada puesta sobre el bullicio de chismes y bisbiseos que la envolvían, la chica misteriosa recorría la pista de baile directamente hacia nosotras.
- Quédate detrás – mandó Maite ocultándome entre la pared y ellas.
- No hables
.
- No sonrías.
- No apartes la mirada si te mira.
- Y por encima de todo...
- No conoces a Sharleen.
- Confía en ella. – concluyeron a la par.
Cogí aire y alcé la cabeza dispuesta a reprender a las chicas y su incoherente lista de órdenes cuando una intensa mirada me dejó con la respiración contenida. “No apartes la mirada” detuve el impulso, profundamente intimidada a medida que la chica desconocida se acercaba y sus ojos seguían fijos sobre mí. “No hables” recordé, “¡Y no sonrías!” reprimí la estúpida necesidad cuando, contagiada por su actitud al pasar por delante de nosotras, dedicó un guiño de ojo a Maite y una pícara sonrisa para Lora. “Confía en ella” comprendí de repente al ver a Sharleen desfilar tras sus pasos sin ni siquiera mirarme, alejándose junto a la extraña escaleras arriba.
Sorprendida y desorientada, muy desorientada, peleaba por recuperar el aliento sin poder apartar la vista del último escalón donde la vi desaparecer mientras mi mente se intoxicaba lentamente con un sinfín de morbosas y nocivas preguntas. Atropellándose unas a otras.
- ¿Y ahora qué? – retomó Lora.
- Olvídate de ir al Artes, estarán allí.
- Ya no tenemos por qué salir, ¿no? – ratificó Lora.
- Hablaré con Ariadna para que nos haga sitio en el reservado. – aprobó recelosa Maite.
- Voy a por Carol, que nos prepare algo para beber. Y que sea fuerte.
- No. – interrumpí – No, no. Yo... – titubeé aturdida por el vertiginoso ir y venir de mis propios pensamientos.
- Vamos al reservado y hablamos más tranquilas, ¿si? – propuso Lora.
Dicho y hecho, en menos de diez minutos nos encontramos las tres en el reservado, a nuestra entera disposición gracias a Ariadna, y con una botella de vino tinto a nuestra merced, obsequio de Carol, que no dudaron ni un segundo en hacer cuanto estuviera en sus manos tras explicarles respectivamente la situación.
- ¿Por qué tengo la extraña sensación de que todo el mundo sabe qué ocurre menos yo? – insté al sentirme exageradamente observada por el resto de asistentes al local.
- Porque lo saben. – aseguró Lora mientras llenaba las copas.
- Creen saberlo. – corrigió Maite. – Ya sabes como es el ambiente. Cuéntale algo a una sola persona de este sitio y mañana, tu historia, será diez veces mas larga, diez veces más jugosa y diez veces más dramática.
- Efecto bola de nieve – añadió Lora.
- Efecto mi vida es tan aburrida que voy a meterme en la tuya. – despreció resentida.
- ¿Vais a contarme qué pasa? – apremié.
- Ya te lo hemos dicho.
- Confía en ella.
- Pero qué narices pensáis que hago aquí. Y no sólo ahora mientras está con esa...esa...
- ¿Zorra?
- ¡Lora! – censuró Maite.
- Lo siento. Pero no es santo de mi devoción. Ya lo sabes. – justificó Lora.
- Entonces la conocéis.
- Es...
- ¡Maite!
- ¿Qué? Si ya estamos metidas en esto hasta la cintura, como mínimo.
- Precisamente.
- ¿Y qué pasa con vosotras dos? ¿Por qué no os estáis bufando o arañando o tirando del pelo como siempre? – evidencié.
- Frígida.
- Ninfómana
- ¿Mejor?
-¿Habéis terminado? –impuse molesta – Tengo que hablar con Sharleen y decirle que confío en ella.
- Claro. Ve a decirle lo mucho que confías en ella justo cuando está con otra – satirizó Maite.
- Y con lo ocurrido el domingo es lo último que necesitas. –matizó Lora.
- Por lo que pasó el domingo necesito hablar con ella. – avalé.
- ¿De qué estáis hablando?
- Isis pensó que tú y Sharleen tuvisteis algo la noche del viernes. Por la camisa. Y montó un pequeño numerito de celos – aclaró Lora.
- ¿En serio? – cuestionó Maite entre carcajadas – ¡Va en serio! – aseguró tras mi apatía a su risa – Lo único que hicimos fue hablar de ti. De ti. Y de ti. Quedó hecha un lío por como huiste de ella y le di un par de consejos. Eso fue todo. – explicó conteniendo la risa.
- ¿Qué consejos? – me inquieté.
- Pues que igual te habías pillado los dedos con ella. Vamos Isis, que tú no eres de las que se deja llevar. Te va ser metódica, lógica y prudente. Y necesitas saber que suelo pisas antes de poner el pie.
- Que sí, que sí, que se me fue de las manos, ya lo sé. – admití sonrojada.
- De eso se trata. Tú condenas lo ocurrido y ella no entiende qué salió mal. – alegó Maite.
- Te dije que no te precipitaras – recalcó Lora.
- ¡Me dijiste que no confiara en ella! – protesté.
- Ejem. – carraspeó Maite.
- Cállate – aplacó Lora.
- ¿¡Sabes la semana que he pasado por tu culpa!? – rabié contra Lora al recordar.
Porque si para algo me sobraban motivos llegado ese momento, era para rabiar.
Por la asfixiante incomodidad y la constante falta de aire que me acosó toda la dichosa tarde de domingo en cuanto se fue del piso de Tanya y Diana tras mi fulminante silencio a su tan inocente pregunta. Y la noche de insomnio y dudas que pasé abrazada al Boston Terrier, releyendo una y otra vez la nota escrita en su collar.
Por la severa culpabilidad con la que viví el lunes, reprochándome a cada condenado segundo porqué no fui capaz de pronunciar respuesta alguna. Y la absurda llorera que me asaltó en cuanto llegué a casa después del trabajo y vi el peluche sobre mi cama. “No es por ti” surgieron por si solas las malditas palabras mientras estrujaba contra mi pecho su regalo.
Por la irritabilidad que arrastré todo el martes, enfadada conmigo misma por mi estúpida y desatinada inseguridad contra Sharleen y descargaba mi cabreo con todo aquel que se cruzara en mi camino y se atreviera a preguntar como estaba. “¡Como voy a estar!” ladraba automáticamente después de dos días de puro infierno mental.
Por la ansiedad, la impotencia y la aguda falta de apetito durante el miércoles, con un nudo en el estómago por miedo a que, aún y habiendo encontrado qué decirle, no tuviera oportunidad de hacerlo, o peor, ya fuera demasiado tarde.
Y por la incontrolable y adolescente euforia a la que me vi sometida el jueves desde primera hora de la mañana cuando Lora me invitó a verlas en el Lesway esa misma noche y pasé todo el día contando obsesionada las horas que faltaban para volver a ver a Sharleen y poder decirle, al fin, que sí confiaba en ella.
- Pero apenas he podido saludarla que me he encontrado con todo esto. – expliqué a las chicas – Así que, o me dais un buen motivo para esperar a que vuelva o me voy a por ella. – exigí firme.
- Mezclas churros con mininas, chica, y así cualquiera pierde el norte – objetó Maite. – Lo que necesitas es dejar de pensar con la entrepierna para poder centrarte en lo que sientes realmente por ella.
-¿Se puede saber en que parte de lo que os he contado ves las ganas de acostarme con Sharleen? –pregunté indignada.
- Pues eso. – señaló Maite – Es de lo más obvio y ni siquiera lo tienes en cuenta
.
- Ni lo hará hasta que se le derritan los ovarios – remató Lora.
- Porque yo no quiero...
- Chicas, siento interrumpir. – nos llamó la atención Ariadna – Pero vuestra amiga ha vuelto. – y se acompañó disimuladamente con el pulgar por encima de su hombro antes de volver sobre sus pasos.
– ...acostarme con Sharleen. – concluí.
En cuanto terminé de pronunciar su nombre y la vi remontando los últimos escalones del reservado con las manos en los bolsillos del tejano, la expresión endurecida y una mirada glacial, una pequeña contracción hizo saltar la alarma en mi interior.” Oh, vaya” reconocí al instante. ¿Podía tener razón Maite? Y no sólo porque ni se me había pasado la idea por la cabeza, sino porque realmente estaba mezclando emociones con sentimientos y el caos mental y la frustración, ¿eran simple tensión sexual?
- ¿Y bien? –abordó Lora ofreciéndole su copa de vino.
- Pues... – suspiró profundo y engulló de un solo trago la copa entera
.
- ¿Tan mal ha ido? – se interesó Maite encendiendo un cigarrillo y acercándoselo.
- Mmmm – negó con la cabeza mientras aspiraba una generosa calada – Mal no. Extraño. Muy extraño. – y al expulsar la gran bocanada de humo hacia el techo dejó a la vista la marca rubí de unos labios en la base de su cuello – Deja de mirarme así. – enunció con voz áspera y posando su mirada en la mía. Tan fría. Y tan distante
- Tú ni caso. Está algo cabreada, eso es todo. – suavizó Lora. ”¿Algo”? pensé abrumada.
- Que atrevida es la ignorancia. – replicó.
- Deja de hacer el imbécil – azuzó Maite tras ofrecerle un pañuelo.
- Lo siento. – masculló entre dientes mientras limpiaba con fuerza la marca de su cuello.
- Que tal si te sientas, ¿hum? – le ofreció Maite.
- Pediré otra botella. Y una copa para ti. – añadió Lora.
- ¿Qué pasa con vosotras dos? – se dio cuenta al fin – ¿Es que...?
- No. – Maite respondió tajante. – Es sólo una tregua
.
- ¿Soy la única que se ha perdido? – sospechó Lora.
- Deberíamos irnos. –intervino Sharleen antes de poder unirme a la confusión de Lora, alcanzando mi bolsa de mano y emplazándome a seguirla.
- Otra vez no – refunfuñé inútilmente.
Me agarró de la mano y tiró de mí fuera de la butaca. Rodeó mi cintura con su brazo para arrastrarme hasta las escaleras y con sus manos sobre mi cadera, bajamos apresuradas los escalones del reservado. Entrelazó de nuevo su mano a la mía y tras una previsora serie de disculpas para abrirse paso por la pista, encarábamos la escalinata principal cuando resonó por todo el local, alta y clara, la voz de Lora.
- ¡¿Que hiciste qué?! – se escuchó perfectamente.
- ¿Pero qué...? – me giré instintivamente, alertada por el bramido de Lora.
- No, no, no. Ni se te ocurra. – siguió tirando de mi hasta la calle. Se detuvo un instante, observó a lado y lado de la calle y retomó la marcha hacia Enrique Granados. – Vamos.
- ¡¡Sharleen!! – nos alcanzó un nuevo alarido de Lora justo al girar la esquina hacia el pequeño parque.
- Mierda. Como me pille me manda a Boston de una patada en el trasero. – confesó divertida y apremiando el paso. – Por aquí. – nos escondimos en uno de los salientes del primer portal. –Shhhhh. – me acalló, pegando su cuerpo al mío y ahogando su propia risa.
- ¡Como te pille te mando a Boston de una patada en el culo, me oyes! – vociferó Lora desde la esquina.
- Espero que a Maite le haya dado tiempo a escapar. – añadió asomándose cuidadosa por el borde – Por los pelos. – confirmó la ausencia de Lora alejándose hacia la calle y deshaciendo nuestras manos.
- No. – apresé su mano entre las mías y salvé la escasa distancia que separaba mis labios de los suyo en un simple paso.
Las dichosas palabras de Maite seguían vivas e intactas revoloteando alrededor del deseo de volver a besar a Sharleen desde el instante que volvió al reservado. Y a pesar de prohibirme un primer impulso cuando quedé atrapada entre ella y el saliente del portal, fue suficiente repasar mentalmente la locura de noche que estaba viviendo, con los ir y venir de un lado a otro del Lesway, la chica misteriosa, el comportamiento surrealista entre Lora y Maite, la actitud cambiante de Sharleen y la precipitada huida lejos del berrinche de Lora, para que yo también me dejara llevar por la insensatez.
“Qué demonios” pensé segundos antes de lanzarme sobre Sharleen. “Sí que quiero” admití al fin.
- Isis.... – rompió el beso y contrajo su expresión en una mueca.
- No, no, Sharleen, no. Llevo una noche de lo más extraña, demasiado, y una semana de mil demonios, dándole mil vueltas a todo esto hasta ahogarme yo sola entre lo que pienso y lo que siento. Pero confío en ti, de verdad que lo hago. Y por primera vez en días estoy segura de algo, y es esto. Necesito esto.
-¿¡Necesitas pisarme!? – interrumpió con un gesto de angustia en su rostro. – ¿¡Por qué!?
- ¿Qué? – y al bajar la vista pude ver mi tacón derecho sobre la punta de su bota izquierda – ¡Oh, Dios mío! Lo siento, lo siento... yo no...ni siquiera... ¿estás bien?... lo siento...
- Esos zapatos te sientan de maravilla pero son realmente temibles.
- Gracias... creo – acepté sonrojada.
- Mira, agradezco tus palabras pero sé que no puedes confiar en mí porque no me conoces. – retomó mientras se frotaba la punta de la bota – Y entiendo lo que haces y por qué; Necesitas que esto vaya a su ritmo y tiempo, y me parece genial. Mientras vaya a algún sitio, a poder ser juntas. – endureció su semblante y sus ojos brillaron intensamente – Pero si vuelves a besarme no pienso detenerme.
- No lo hagas – y volví a capturar su boca en la mía.
Y todo empezó de nuevo. Labio sobre labio, con sus brazos sujetándome firmes contra su cuerpo mientras me abría paso a través de la cremallera de su sudadera. Lengua con labio con lengua. Un delicado mordisco. Sus manos perdidas bajo mi ropa. Las mías sobre su cadera, atrayéndola. Una respiración entrecortada para recuperar el aliento. Una mirada cómplice. Un grito en la lejanía.
- ¡Buscaros una habitación!
- ¿En tu casa o en la mía? – preguntamos a la vez.
- Glorias. Menos de diez minutos en taxi. – expuso.
- Plaza España. Cinco minutos a pie. – rebatí tirando de ella en dirección a mi piso.
De camino, cada semáforo en rojo que nos detenía, cada esquina poco iluminada o cada acera sin otros transeúntes, nos invitaba con una facilidad vehemente a un nuevo y breve arrebato de manoseo quinceañero. Para cuando llegamos a mi portal, un simple susurro suyo hubiera bastado para derretirme por mi misma desde lo más profundo de mi vientre. “Y aún nos queda el ascensor” me estremecí. Menos de dos metros cuadrados para una última serie de caricias y roces. “Dios mío, no puedo más” rogué por una pausa. Y al fin, en casa.
- Adelante – la invité a entrar. – Cocina, baño, salón y... – me detuve intimidada.
- Habitación – terminó por mí. – Isis, ¿estás segura de que quieres hacer esto?
- Más que nada. – abrí la puerta de mi habitación. – ¿Y tú? – aguardé bajo el marco su respuesta.
Segundos después, cerraba la puerta tras ella.



